MEMORIA DEL DISCREPANTE

Más allá de lo público y lo privado, cuyo debate parece no estar resuelto en ninguna parte, Arístides Rosell entró hace algunos años en el terreno anegadizo de la irreverencia contra un esquema autoritario. La discrepancia de lo oficial en un país como Cuba, donde predomina -aún hoy- un lenguaje unanimista, panfletario y de consigna socialista, tenia el sabor de la herejía. Sin embargo, el artista antepuso su "yo" dejando en las afueras, todo intento de borrar sus fronteras individuales, su espacio propio. En esa beligerancia, a la salida de su adolescencia, atinando con acierto una manera de expresarse con imágenes, encontró el peligroso "hobby" del disentimiento. Será por ello que se aprecia en sus obras una ansiedad prisionera o una herida espiritual latente. Incordia, ira, sarcasmo, chiste agónico, absurdos, asechanzas. Todo reunido. Que se resume en rebeldía contra lo preestablecido, insidia de lo normado, desacralización de lo retórico, suspicacia con lo suspicaz, destabuización del tabú, satanización de lo santo, hipérbole de lo incierto.

Arístides agota una permanente discordia. Hasta consigo mismo. Todo lo que se niegue, el lo afirma o lo corrige. O incluso lo metaniega. Es impredecible. Su ojo creativo lleva un prisma que invierte los valores y la posición de las cosas. Altera el orden lógico del discurso visual para engendrar otra lógica. Arístides se apropia de un símbolo cualquiera y lo reconstruye; lo reconstituye atrayéndolo a su presente o llevándolo a su pasado. En todas sus etapas creativas desde su cartelística de cine hasta sus falomanías y abstracciones, o su pintura-cartel con ascendencias del pop art, nunca deja de ser al artista discrepante. Y su obra lo es, por igual, un arte hecho por contradicción y desmesura. Arte elaborado para contradecir. Arte con el que no hay consenso, ni unanimismo.

El Nacimiento

El artista hace sus pininos a finales de una década prodigiosa para la plástica cubana (1980-1990), cuando el posmodernismo, como tendencia irrumpia en el escenario nacional bajo un proceso de "cubanización" reflexiva, los influjos de la glasnot y la perestroika soviéticas y las revisiones obligadas con la caida del socialismo en la Europa del Este. Eran días en los que la oficialidad se tomaba muy en serio lo que acontecía en las galerías. Un arte de vanguardia arreciaba, suplantando a una prensa monocorde y llena de omisiones, y ocupando tácitamente las banderas de la critica social, desacralizando estereotipos y dogmas. Tenía fuerza de huracán aquella vanguardia y la oficialidad, como siempre, cometía excesos al desmontar exposiciones, cerrar galerías, moralizar con sanciones a los réprobos, a bajar los cuadros y poner vigilantes ideológicos en cada inauguración. Sin embargo, Arístides llegó y entró al mundo estatizado tan tempestivo como sus antecesores...Fue inevitable la confrontación.

Su formación como diseñador en las aulas del Instituto Superior de Diseño Informacional de la Habana, le permitió conocer las posibilidades expresivas de la gráfica. Aprendizaje que configura unos años después cuando se licencia en la Facultad de Bellas Artes San Carlos, de Valencia, España). Allí se relaciona con una juventud pujante decidida a romper con el inmovilismo, y tiene profesores con prestigio dentro y fuera de Cuba. Vive la posibilidad única de alistarse entre los alumnos del diseñador Japones Shigeo Fukuda, con quien realiza un curso inolvidable. La cartelística del cine cubano y el expresionismo del cartel polaco marcan certeramente ese período de aprendizaje, de manera que se integran a su manera de expresar, como también sucede con el lenguaje postmoderno de aquella vanguardia de los ochenta. Muchos de los artistas de esa oleada generacional emigraron o pasaron al exilio. Por citar algunos exponentes, recordemos a Adriano Buergo, Arturo Cuenca, Jose Bedia y tantísimos más.


De todo un poco

Arístides es suma. Su personalidad nace de la aritmética, por momentos distinguible, de estilos y formas expresivas que, al fin y al cabo, acentúan lo particular. Deudor de la impronta postmoderna, el artista se apropia de todo y de todos y conforma su "YO". El cartel es pintura; su pintura es cartel. ¿O ambas cosas?. Por ahÌ anda. Lo mejor de todo es que la suma de tantísimos recursos expresivos pasan por el tamiz de su discrepancia. El humanismo discrepante a flor de labios. Ese y no otro es, Arístides Rosell. Polemice, entonces.

 

Raimundo Diaz

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